Cuba: una sociedad que aprendió a dormir despierta
Updated: Sep 14

Hay algo que me duele profundamente cuando miro a mi Cuba.
No es solamente la falta de agua, ni los apagones, ni la escasez de medicamentos, ni las nefastas colas, ni los salarios que no alcanzan. Ni siquiera es solamente ver a nuestra gente intentando resolver, día tras día, cómo llevar algo a la mesa. Lo que más me duele es ver cómo poco a poco hemos ido perdiendo cosas que no se pueden comprar en una bodega ni conseguir haciendo una cola: las ganas de reír, de vivir, de estudiar, de trabajar, de amar.
Y cuando nosotros, como sociedad, comenzamos a perder hasta las ganas de soñar con una vida diferente, el problema ya dejó de ser solamente económico y se convirtió en algo muy diferente.
Llevamos 67 años viviendo bajo un gobierno que ha construido una sociedad a base de adoctrinamiento, control, miedo y resistencia. Generación tras generación hemos escuchado la misma letanía: hay que aguantar, hay que sacrificarse, hay que resistir.
Y nosotros resistimos. ¡Y cómo resistimos!
Nos privamos de cosas y hasta de sentimientos. Aprendimos a vivir con poco, esperando. Nos acostumbramos a las carencias. Nos dijeron que aquello era temporal, que algún día vendrían tiempos mejores, que el próximo año, el próximo quinquenio.
Pero los años pasaron y se convirtieron en décadas.
Y hoy tenemos hospitales sin luz, edificios derrumbados, escuelas sin ventanas, basureros gigantes en cualquier calle, madres cocinando con leña. Tenemos a nuestros ancianos haciendo colas que duran horas y hasta días, marcando con tickets y pretickets para cobrar una chequera que apenas alcanza para llevar un plato de comida a la mesa.
¿Sabes qué me choca más?
Muchos de esos viejitos son los mismos que entregaron su juventud, su trabajo y todos sus sueños por aquella Revolución. Fueron ellos quienes entendieron que había que resistir, los que se privaron de tanto porque les dijeron que el sacrificio tenía un propósito, que sus hijos verían los frutos. Ellos fueron los primeros que creyeron, los que resistieron de tantas maneras que hoy ya no les quedan fuerzas para resistir.
Nosotros los vemos. Los vemos cansados, mal alimentados, sin medicamentos, sin los servicios esenciales que una persona que ha llegado a la vejez debería tener garantizados.
Y mientras nuestros abuelos se consumen en las colas, nuestros jóvenes crecen en un país donde estudiar no necesariamente garantiza un futuro y donde trabajar honradamente tampoco significa poder vivir con dignidad.
Entonces aparece una frase que hemos deformado hasta hacerle daño: “La lucha”.
Robar ya no es robar, es luchar. Prostituirse ya no es prostituirse, es luchar. Delinquir ya no es delinquir, es luchar. Y así, poco a poco, hemos llegado a convertir la supervivencia en una especie de licencia para cualquier cosa.
Vemos, analizamos y entendemos todo. Entendemos la desesperación, el hambre. Entendemos a una madre que no sabe dónde encontrar un medicamento para su hijo, o el desayuno para poder mandarlo a la escuela. Entendemos al joven que mira hacia adelante y no encuentra una salida. Entendemos al ser humano que lleva años viendo cómo todo se derrumba a su alrededor, hasta su propia vida.
Pero entender no significa justificar.
Porque cuando nosotros comenzamos a llamar “lucha” a cualquier cosa que hacemos para sobrevivir, algo se está rompiendo dentro de nosotros mismos.
Y esto viene acompañado de una de las contradicciones que más me cuesta entender. Tenemos jóvenes que sienten miedo de decir públicamente lo que piensan porque saben que pueden terminar presos. Miedo a protestar, a reclamar, a enfrentarse al poder. Pero ese miedo muchas veces no aparece cuando se trata de robar, delinquir, formar una pandilla o enfrentarse a otro cubano.
El miedo ha cambiado de trinchera. Y eso debería hacernos pensar.
Porque el gobierno cubano no solamente ha manejado durante décadas la vida económica y política de nuestro país. También ha creado un ambiente donde el miedo terminó formando parte de nuestra vida cotidiana. Y en el momento en que el miedo nos paraliza frente al poder, pero la desesperación nos empuja a enfrentarnos entre cubanos, es que el daño ya ha alcanzado niveles inimaginables. Nos estamos haciendo daño a nosotros mismos. Estamos dejando que se destruya el tejido de nuestra sociedad.
Ese cubano bonito, ruidoso, amable, alegre, buena persona, ese que ayuda sin esperar nada a cambio, que te invita a tomar un cafecito o te regala cuatro papas para la sopa, se ha perdido. Y no lo digo para señalar con el dedo a nadie. Lo digo porque nosotros también tenemos que atrevernos a mirarnos al espejo.
El gobierno cubano tiene la responsabilidad principal de haber creado y mantenido durante décadas las condiciones que nos han llevado hasta aquí. Pero nosotros tenemos que reconocer lo que esas condiciones están haciendo con nosotros. En Cuba ya no se lucha, en el sentido correcto de la palabra. Ya nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a la falta de agua, a los apagones, a los hospitales sin recursos, a buscar medicamentos como si estuviéramos buscando oro, a enterrar al pariente fallecido en una caja de cartón sobre una carretilla oxidada. Nos acostumbramos a las colas, a los salarios que no alcanzan, a nuestros ancianos abandonados y a nuestros jóvenes sin futuro.
Nos hemos acostumbrado tanto, y tan bien, que incluso hemos normalizado cosas que antes nos habrían escandalizado: el robo, las drogas, un pariente preso, una tubería oxidada y sin agua, una casa sin luz, una vida sin esperanzas.
Y luego, una conga. El alcohol. Cabezas y estómagos vacíos. Pero fiesta.
Y no, yo no digo que nosotros tengamos que vivir llorando. ¡Por Dios! Los cubanos siempre hemos sabido reírnos hasta en medio de un velorio. Pero una cosa es reír porque todavía tenemos alegría y otra muy distinta es reír para no pensar. Una cosa es bailar porque estamos celebrando la vida y otra es bailar para olvidar que la vida se nos está escapando.
Porque también hay una forma de anestesia que no viene en una jeringa ni en una pastilla. A veces viene con una marcha. A veces viene con una fiesta. A veces viene con un: “Total, ¿qué vamos a hacer?”
Y seguimos. Pasa un día, otro día, un año, una década. Pasa la vida. Una vida dormidos. Porque despertar duele.
Despertar significa reconocer que tenemos que hacer algo nosotros por nosotros mismos, sin esperar que la solución venga siempre de manos de alguien más.
Sí, porque las medidas del gobierno estadounidense tampoco han solucionado la vida del cubano de a pie, el que no tiene un familiar en cualquier parte del mundo que envíe remesas o combos. Esas restricciones han terminado haciéndole la vida más difícil al pueblo, mientras quienes tienen el poder siguen teniendo recursos y privilegios que la mayoría no tiene.
Y así, mientras unos discuten medidas, política y geopolítica, Cuba sigue teniendo problemas que deberían ser impensables en cualquier otra sociedad. Ahogada en la miseria y esperando un cambio, sin poder exigirlo, por miedo.
Mientras tanto, el resto del mundo habla o calla. Vienen y van informes, declaraciones, caravanas, cumbres, condenas enérgicas, medidas desmedidas, protestas, promesas, esperanzas puestas en lo quirúrgico de una operación que no llega.
Pero el anciano sigue en la cola. La madre sigue buscando el medicamento. El joven sigue preguntándose si vale la pena estudiar. El pueblo sigue intentando resolver la comida del día y espantándole los mosquitos al niño en la madrugada, a ver si a la mañana siguiente puede asistir a la escuela.
Es tiempo de abrir los ojos y ver que no podemos continuar deseando eternamente que alguien venga a revivir a Cuba. No podemos seguir esperando que otro haga nuestro trabajo: que la comunidad internacional reaccione, que los cubanos de afuera manden remesas, que llegue un día el hada de la libertad con su varita mágica que reconstruya edificios, calles, hospitales y escuelas.
Tenemos que entender que no se puede seguir sentado debajo de la mata a ver si se cae el mango, solo porque Newton descubrió la gravedad.
Ese mango hay que tumbarlo. Y para tumbarlo hay que levantarse.
Es tiempo de devolverle su verdadero significado a la palabra lucha.
Luchar es querer vivir, estudiar, trabajar y progresar. Es querer criar a nuestros hijos con dignidad, decir lo que pensamos sin miedo, mirar al vecino como hermano y no como enemigo. Es querer recuperar la capacidad de indignarnos cuando algo está mal y volver a sentir que nuestro esfuerzo sirve para algo.
Nosotros no necesitamos seguir resistiendo. Ya ese camino lo hemos transitado demasiado tiempo, y ya sabemos que nos lleva a la desesperanza.
Lo que necesitamos es recordar cómo se vive, cómo se sueña, cómo se construye, cómo se ama. Y sobre todo, necesitamos recordar quiénes éramos antes de que nos enseñaran que resistir y sobrevivir era suficiente.
🔔 Gracias por quedarte hasta aquí y por tomarte el tiempo de leer y reflexionar. Ahora quiero saber qué piensas tú. Déjame tu comentario; te leo. ❤️🇨🇺




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